O SEMÁFORO DE FISTERRA

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No existe lugar más emblemático en la Costa da Morte que el cabo Finisterre, considerado el cabo del fin del mundo. Construido en 1853, a 138 metros sobre el nivel del mar. Desde el año 1999 la antigua sede de vigilancia de la marina, el Semáforo, se ha convertido en un delicatessen hotel y restaurante con encanto El Hotel O Semáforo, en el Faro de Finisterre. O Semáforo destaca por sus increíbles vistas y puestas de sol, que compiten con los días de bravas tormentas y grandes oleajes, días con niebla en los que suena con fuerza la sirena del faro, “la vaca”, que nos arrastra a tiempos pasados de grandes leyendas. Los visitantes también podrán disfrutar de O Refuxio, un espacio que da acogida al peregrino, un lugar emblemático con vistas a la famosa “escultura” del Centolo. Un espacio gastronómico único, un concepto taberna “mariñeira” actualizado, moderno con propuestas de picoteo y take away para disfrutar donde el visitante quiera observando el infinito. Es también un local ideal donde refugiarse en los también espectaculares días de tormenta y vendaval.
Cuenta con cinco exclusivas habitaciones, un exquisito restaurante, una coqueta cafetería, unas terrazas con vistas infinitas y varias estancias y rincones exclusivos para que el visitante pueda perderse en el Fin del Mundo.
El cabo Finisterre, considerado el cabo del fin del mundo, fue construido en 1853, a 138 metros sobre el nivel del mar. Durante miles de años se pensó que más allá de él tan sólo existía una sima acuosa en la que el sol se apagaba cada noche y a través de la cual se llegaba a una región de tinieblas poblada por monstruos marinos. El faro es conocido por todos los navegantes del mundo, por su importancia como medio de advertencia de la proximidad de una costa sumamente peligrosa (su luz llega a alcanzar 65 Km de longitud), así como por la fama traicionera de esta zona marítima. Debido a la habitual niebla de los temporales, en 1888 se construyó un edificio anexo al faro, la sirena, a la que se conoce popularmente como «a vaca de Fisterra», para avisar a los navegantes de los peligros que les acechaban.

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